La Perfección Imperfecta

En mayo del 68 los estudiantes franceses alzaron su voz. Esa misma temporada, la 67-68, Wilt Chamberlain ganó su último MVP. Hace 68 años nació Julius Erving, llamado el Doctor J. El 6/8 nacieron Tom Brady o Robin Van Persie; un 6/8 murió Velázquez. Con 68 años murió Quini. Elvin Hayes fue elegido en primera posición en el draft del 68. ’68 es un dúo musical estadounidense, y 68 es también el cuádruple de los anillos que poseen los Celtics. 6’8’’ pies es la altura de LeBron James. 1,68 metros fue la altura de Spud Webb, el jugador más bajito en ganar el concurso de mates de la NBA.

Y 68 puntos son los que Pete Maravich, “el poseedor del mejor y más creativo talento ofensivo de la historia” – así lo define el Memorial Naismith, el salón de la fama – le endosó a los Knicks el 25 de febrero de 1977.

¿Quién es Pete Maravich?

Para quien les escribe, Pete Maravich es el jugador más infravalorado de la historia.

Para ESPN, Pete Maravich no merece estar en el top-10 histórico de mejores bases. Tampoco en el top-10 de mejores escoltas. Ni siquiera está entre los 25 jugadores más influyentes.

Para Slam, Maravich es el 61º mejor jugador de la historia.

Para quienes de verdad saben de baloncesto:
– “Cuando hablamos de ‘showtime’, hablamos de creatividad, de traer un concepto totalmente nuevo al baloncesto. Pete fue el original. Abrió la mente de muchísimos jugadores” (Pat Riley, ex-jugador, ex-entrenador y actual presidente de los Miami Heat)
– “Oscar Robertson es el mejor jugador exterior contra el que he jugado. Jerry West es el mejor con el que he jugado. Y Pete Maravich es el mejor que he visto en mi vida” (Elgin Baylor, 18º mejor jugador para Slam). Por cierto, según la misma fuente Oscar Robertson fue el 11º y Jerry West el 16º. Y Pete Maravich el 61º, no se olviden.
– “Hay jugadores que desafían las leyes de la gravedad. ‘Pistol Pete’ desafía las leyes de la física” (Red Auerbach, ex-entrenador, ex-general manager y ex-presidente de Boston Celtics)
– “Los pases que daba y las cosas que hacía en la pista, no creo que ningún jugador pueda hacerlas. Es el tipo de cosas que los jugadores de hoy no son capaces de imitar. Fue el mejor ‘showman’ de todos los tiempos” (Isiah Thomas, 17º mejor jugador según Slam)
– “Todo lo que hice yo, ya lo había hecho él antes” (Magic Johnson, 3º mejor jugador según Slam)

¿Qué, merece la pena seguir descubriendo al mito? Ustedes deciden. Yo ya he decidido.

“Hasta que te sangren las manos”

Pete Maravich tuvo que escuchar esta frase una y otra vez de boca de su padre, Press Maravich, un jugador de baloncesto frustrado que volcó en su hijo todos sus conocimientos para esculpir su propia obra maestra. Lo que no fue el padre lo iba a ser el hijo.

“Mi padre pensó que yo había nacido para jugar al baloncesto. Cuando tenía siete años, me sentó y dijo: «Pete, estoy ganando noventa y seis dólares a la semana. No hay manera de que pueda pagarte la universidad. Pero si me dejas que te enseñe a jugar al baloncesto, obtendrás una beca. Quizá algún día jugarás al nivel profesional como yo lo hice. Quizá estarás en un equipo que gane el campeonato ¡y entonces te darán un gran anillo!» Mis ojos se iluminaron. De repente quería ese anillo más que ninguna otra cosa en el mundo, así que contraje un estricto compromiso con el baloncesto. Jugué entre seis y diez horas al día durante el verano. Cuando mis amigos se iban al lago a nadar, yo me quedaba en el gimnasio, a 40º, y trabajaba en mis tiros. Mi padre lo llamaba ‘deberes del baloncesto’. Me fui a la cama con un balón de baloncesto hasta que cumplí catorce años”

Pete y Press Maravich

Press Maravich (izqda) y Pete Maravich (drcha). FUENTE: VICE SPORTS

El baloncesto fue a la vez su refugio y su maldición. De carácter retraído, inseguro y acomplejado, el chico encontró en la pelota naranja a su mejor amiga, a su compañera de viaje. El mundo entero se convirtió en una cancha de baloncesto: donde quiera que estuviese, Pete siempre iba botando el balón. Con él pasaba horas y horas, y en su relación no se permitía el margen de error. Tras mucho sacrificio, el mundo fue testigo del nacimiento de una de las mejores técnicas – quizás la mejor – que ha habido nunca en este deporte.

Press Maravich era entrenador, así que su hijo y él tuvieron que mudarse de estado en varias ocasiones. Y a pesar de estar en diferentes colegios, Pete no encajó en ninguno. Y es que, a pesar de deslumbrar a compañeros y a rivales, todo el mundo lo veía como un bicho raro. Era el más pequeño, el más enclenque. Pero era el mejor. Todavía en época escolar, demostró una habilidad para armar el tiro fuera de lo común. Esa capacidad para “desenfundar” le valió un apodo que lo acompañó toda su vida: Pistol Pete.

Se matriculó en la LSU (Louisiana State University), y así entró a formar parte del equipo de baloncesto de la universidad. ¿Adivinan quien era el entrenador? Pues ni más ni menos que un tal Press Maravich…

“Es difícil diferenciar cuándo me habla como un padre y cuándo como un entrenador”

Así definió Pete la relación con su padre durante sus años universitarios. Una doble relación, la de padre-hijo y la de entrenador-jugador, que conviene aclarar. Press pasó a entrenar a los LSU Tigers contra su propia voluntad. Era en realidad la condición necesaria que impuso la universidad para aceptar a Pete.

Allí, su padre hizo girar el juego entorno a su hijo. Le dejó lucirse de todas las formas posibles, hasta el punto de que Pistol destrozó el récord de anotación de la NCAA: 3667 puntos en 3 años y un promedio de más de 44 puntos por partido (número que más tarde se convertiría en su dorsal). Nadie ha conseguido batir la marca de Pete.

Se convirtió en un icono: su melena de Beatle, sus clásicos calcetines y su habilidad consiguieron abarrotar el pabellón de la universidad, hasta el punto de considerar a Pete Maravich como “el Misionero Blanco”, un tipo destinado a cambiar el baloncesto.

Pete Maravich en la universidad

Pete Maravich con la camiseta de los Tigers de LSU. FUENTE: SKYHOOK MAGAZINE

Draft de 1970: empieza el viaje

Tuvo que escoger entre la ABA, una liga mucho más vistosa en la que el juego ofensivo y el espectáculo eran las características principales, y la NBA, una liga más seria y profesional. Aunque la ABA se ajustaba a la perfección con el estilo de Pete (excepcional tirador con un gran manejo de balón), él siempre tuvo preferencia por la NBA.

Fue elegido en tercera posición del draft de 1970 por los Atlanta Hawks. Tenía miedo de que su excelente tiro no fuera suficiente a la hora de destacar, así que añadió un arma letal a su repertorio: el pase.

Pases por la espalda, pases picados por debajo de las piernas, pases sin mirar… El arsenal ofensivo que Maravich desplegaba cada partido era mágico. Y mientras Pistol maravillaba a miles y miles de espectadores, él seguía sin encajar y los Hawks solo acumulaban derrotas.

Nadie por aquel entonces entendía su juego. Sus numerosos detractores señalaban que el baloncesto de Pete rozaba lo circense, que no merecía estar en una liga tan seria como la NBA. Y lo más doloroso: que no él no era un líder.

No era un líder. Era un genio loco, un muñeco roto, un hombre de corazón roto y de mirada perdida.

Era la cabeza de turco.

Y en su tercera temporada se fue hasta los 26 puntos y 7 asistencias por partido, convirtiéndose en el líder de los Hawks y poniendo su showtime al servicio del equipo. Llegaron a playoff pero perdieron en primera ronda. Las críticas hacia Pete comenzaron a ser injustas, debido a que la voluntad de sus compañeros y del entrenador era la de deshacerse de él.

Pete se encerró todavía más sobre sí mismo, y solo la bebida llamó a su puerta, como ya hizo en su época universitaria. Era la mejor manera para aliviar toda la presión que recaía sobre sus hombros.

Porque en Atlanta le pidieron milagros que él no pudo realizar.

Su entrenador, Ritchie Guerin, le pilló bebiendo en un descanso y le sancionó por motivos disciplinarios. Maravich se acercó a él y le dijo “o te vas tú o me voy yo”. Al terminar la temporada, Pistol Pete volaba rumbo a los New Orleans Jazz.

Home, sweet home

Regresó a Louisiana, su hogar, y a pesar de no llegar a playoff ni una sola vez, tanto los Jazz como los Pelicans han retirado su camiseta, convirtiéndose así en uno de los cuatro jugadores en tener una camiseta retirada en un equipo para el que nunca jugaron.

Fue donde mejor estuvo. Era su casa, y así lo demostró en la cancha, consiguiendo en la temporada 1976/77 una media de más de 31 puntos por partido, convirtiéndose en el máximo anotador; incluyendo esa milagrosa noche del 25 de febrero de 1977, cuando Pete Maravich logró anotar 68 puntos ante los New York Knicks, un equipo que se caracterizaba precisamente por su férrea defensa.

Imprescindible recordar que por entonces todavía no existía la línea de triple y que Maravich se caracterizaba, entre otras cosas, en lanzar desde una larga distancia.

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25 de febrero de 1977, el día que Maravich anotó 68 puntos. FUENTE: nba.com

Estuvo seis temporadas con los Jazz, y aunque no llegó ni una sola vez a playoff, allí estaba muy a gusto. Seguía deleitando a sus aficionados, seguía deleitando al mundo entero. Se consolidó como un genio, y en ningún momento tuvo la presión de tener que ganar. El baloncesto era su mundo, y New Orleans era su hogar. Tras una última temporada lastrado por las lesiones, decidió irse a Boston para intentar cumplir su último deseo.

Boston: el equipo de la Esperanza

“No soy una persona avariciosa. No me preocupa tener diez anillos. Sólo quiero uno”.

Firmó con los Celtics, un equipo con el que podía de verdad aspirar a ganar su ansiado título, la razón por la que empezó a jugar al baloncesto cuando tenía siete años. Allí solo estuvo una temporada, jugando ya con las rodillas destrozadas. Pese a clasificarse para los playoff, Boston fue eliminado y Pete se retiró.

Al año siguiente los Celtics se proclamarían campeones de la NBA. Sin Pistol Pete.

El genio incomprendido

De niño, Pistol jugaba en el primer equipo del instituto. Estaba formado únicamente por chicos mayores… y él. Por eso llegaba tarde a los entrenamientos, porque no quería cambiarse delante de todos sus compañeros. Nadie iba a entender que él no era más que un niño, y los demás ya eran hombres. Le sacaban una, dos, tres cabezas. Él les observaba con temor. Con un temor irracional que le aconsejaba refugiarse en la soledad. Y en el baloncesto.

Pero también tenía miedo de qué pasaría una vez se terminara el baloncesto. Porque por muy mago que fuera, nunca consiguió hacer desaparecer sus inseguridades. En los Hawks sus compañeros le dieron la espalda: no entendían su juego tan vistoso y tan poco efectivo, no entendían su elevado sueldo. No entendían como las aficiones podían ovacionarlo tanto.

Todas las críticas hacia su baloncesto fueron más dolorosas de lo que la gente creía. El baloncesto era su vida, y ponerlo en duda era como dudar de su padre y de sus sueños de infancia. Pete no creía en la pizarra, él creía en el espectáculo, y todos sus detractores hicieron que él se aislara todavía más, hasta convertirse en una especie de caparazón de escarabajo muerto. Perdonen esta comparación, pero es que bien pensado es el reflejo perfecto de la situación. Pete ya llevaba años vacío por dentro, sin ganas de vivir, sin ganas de luchar por un anillo, ese objetivo que iluminó sus ojos cuando apenas tenía siete años.

Tras la muerte de su padre, Pistol perdió su único lazo con el mundo de los vivos. Probó el vegetarianismo, el yoga, el evangelismo, el hinduismo, y hasta suplicó a los extraterrestres que se lo llevaran.

Pero un día se fue de verdad.

“No quiero jugar durante diez años más y morir a los cuarenta de un infarto” dijo Maravich cuando apenas tenía treinta años.

El 5 de enero de 1988, Pete estaba jugando con unos amigos una pachanga de baloncesto cuando se desplomó. La autopsia desveló un problema cardíaco congénito que, según los médicos, le impedía jugar al baloncesto, y aún menos de manera profesional. La arteria coronaria izquierda no le funcionaba, y normalmente los enfermos se morían con 10 años. 20 con suerte. Pero a Pete Maravich le dio tiempo a tener una carrera en la NCAA, y otra en la NBA. Le dio incluso tiempo a entrar en el Basketball Hall of Fame. Un año más tarde moría donde todo había empezado: en una cancha de baloncesto.

“No quiero jugar durante diez años más y morir a los cuarenta de un infarto”.

El 5 de enero de 1988, Pete tenía 40 años.

El legado de un Don Nadie

Pete Maravich tuvo un enorme ejército de detractores a lo largo de su carrera en la NBA. Por aquel entonces muy pocos jugadores le tenían una verdadera admiración. Sus legiones de defensores vinieron después. Porque pasado un tiempo, la gente se empezó a dar cuenta de la importancia de Pistol. Y con la gente me refiero a grandes jugadores o entrenadores, no simples aficionados o simples periodistas, por muy especializados que éstos estén. Gente como Magic Johnson, como Isiah Thomas, como Stephon Marbury, como Allen Iverson. O, por qué no, como Stephen Curry.

Porque Pete fue el jugador que rompió con el baloncesto antiguo y sirvió de transi9ción hacia el baloncesto moderno. Anteriormente los equipos se componían de una estrella y de cuatro jugadores más. Era un juego donde la individualidad primaba ante todo para ganar el partido. Una vez, Elvin Hayes tiró 28 veces a canasta, habiendo tocado la pelota en 29 ocasiones. Pistol acabó con todo esto. Puso sus espectaculares pases al servicio de los demás, involucrando a todos sus compañeros de equipo.

Acerca de esto, hemos hecho una curiosa reflexión: Pete mezclaba la velocidad con un enorme manejo de balón, con una grandísima técnica y con un tiro letal. Sus cuatro principales armas son la base del baloncesto de hoy en día. ¿Casualidad? Para ESPN sí: no nos olvidemos que Pete Maravich no merece estar entre los 25 jugadores más influyentes.

Seguiré esperando a que me llamen y me lo expliquen…

Mientras tanto siempre quedará YouTube:

https://www.youtube.com/watch?v=f0BCvV0oX9o&feature=youtu.be

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